Cualquiera que haya leído el Nuevo Testamento en orden habrá notado algo curioso al llegar al cuarto libro. Tras pasar por Mateo, Marcos y Lucas, abrir el Evangelio de Juan se siente como entrar en una atmósfera completamente distinta.
A los tres primeros los llamamos «Evangelios Sinópticos» (del griego syn-opsis, que significa «ver juntos») porque comparten una estructura, historias y un enfoque muy similar. Son como documentales que nos narran la acción de Jesús en los caminos de Galilea. Pero Juan es diferente. Juan es «el águila» de la teología bíblica, volando alto, observando la historia desde la eternidad.
El lenguaje de Juan también es único. Utiliza un vocabulario sencillo pero de una profundidad abismal, marcado siempre por contrastes absolutos: la luz contra las tinieblas, la verdad contra la mentira, la vida contra la muerte, lo de arriba contra lo de abajo. No hay términos medios.
Pero la clave maestra para no perdernos en este océano teológico está en su entrada. Juan coloca un «pórtico» solemne a su obra: el Prólogo (los primeros 18 versículos). Este prólogo no es solo una introducción bonita; es una declaración de principios que nos indica qué clase de literatura estamos leyendo. Nos avisa que no estamos simplemente ante una biografía de un rabino judío que resultó ser el Mesías, sino ante un evento cósmico.
Juan quiere que escuchemos los ecos de un pasado eterno para comprender un presente transformado. Y para hacerlo, decide reescribir el relato más antiguo de todos: el Génesis.
El eco del «principio»
La conexión más evidente y poderosa se encuentra en las primeras palabras del relato. El libro de Génesis comienza con la famosa declaración: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gén. 1:1). Juan, con una intención teológica clara, calca estas palabras: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn. 1:1).
Para el lector judío del primer siglo, esto era una señal de alerta: Juan estaba reclamando para Jesús el mismo escenario que el de la creación del cosmos. En el Génesis, Dios crea mediante la palabra («Entonces dijo Dios: “Sea la luz”. Y hubo luz», Gén. 1:3). En el Evangelio, la Palabra (el Verbo, o el logos) se hace carne para habitar entre nosotros (Jn. 1:14). Juan establece que los mismos elementos fundamentales de la primera creación —la palabra, la luz, la vida y la victoria sobre las tinieblas— están presentes y activos en el ministerio de Jesús.
El diseño de la Semana Inaugural
Uno de los descubrimientos más fascinantes de la exégesis bíblica (el estudio crítico de los textos) es el calendario que Juan despliega en su primer capítulo. Eruditos como N. T. Wright y C. H. Dodd han señalado que Juan utiliza marcadores temporales precisos para recrear una semana de siete días, replicando la semana de la creación original.
Si leemos con atención, podemos seguir el rastro de estos días:
- Día 1: El Prólogo (Jn. 1:1-18). Al igual que en el primer día del Génesis, la luz brilla en medio de la oscuridad.
- Día 2: Juan el Bautista da testimonio. «Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: “Ahí está el Cordero de Dios…”» (Jn. 1:29).
- Día 3: El llamado de los primeros discípulos. «Al día siguiente Juan estaba otra vez allí con dos de sus discípulos […] Y los dos discípulos le oyeron hablar, y siguieron a Jesús» (Jn. 1:35, 37).
- Día 4: Jesús encuentra a Felipe y Natanael. «Al día siguiente Jesús… encontró a Felipe, y le dijo: “Sígueme” […] Felipe encontró a Natanael y le dijo: “Hemos hallado a Aquel de quien escribió Moisés…» (Jn. 1:43, 45).
Aquí es donde la estructura se vuelve brillante. Después de enumerar estos cuatro días, el texto nos traslada a un evento clave en el capítulo 2: «Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea…» (Jn. 2:1).
- Día 7: Si sumamos los cuatro días anteriores más el intervalo de «al tercer día», llegamos exactamente al séptimo día. En el Génesis, el séptimo día es el descanso de Dios tras completar Su obra (Gén. 2:2). En Juan, el séptimo día es una celebración de bodas. Jesús no está descansando en soledad; está celebrando la unión de Dios con la humanidad a través del nuevo pacto que Él traía, transformando el agua de la antigua ley (cf. Jn. 2:6) en el vino nuevo de la gracia (cf. Jn. 1:17).
El Hombre, el huerto y el descanso
Pero este patrón de «Nueva Creación» no es un recurso que Juan use solo al principio; es realmente el hilo conductor de todo su Evangelio hasta la Pasión. A través de los capítulos, el autor nos guía hacia un nuevo clímax que espeja el final de la creación del hombre:
- El Sexto Día y el «Ecce Homo»: En el relato del Génesis, el ser humano es creado en el sexto día (Gén. 1:26-31). Curiosamente, en el relato de la crucifixión, que ocurre en viernes (el sexto día de la semana), Pilato saca a Jesús ante la multitud y pronuncia las palabras: «¡Aquí está el Hombre!» («Ecce homo» en latín, Jn. 19:5). Sin saberlo, Pilato está declarando una verdad teológica monumental, que Juan recoge en su Evangelio: Jesús es el ser humano verdadero, el nuevo «Adán» que no falló, la imagen perfecta de Dios.
- El Reposo del Sábado: Así como Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día, Jesús finalmente exclama en la cruz: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30) y es puesto en la tumba justo antes de que comience el sábado, el día de reposo. Es fascinante notar que Juan utiliza aquí la misma raíz griega (teleō, completar o alcanzar una meta), que utiliza la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento) en Génesis 2:1-2 para decir que fueron «acabados» los cielos y la tierra. Es como si, al gritar esa palabra, Jesús estuviera certificando que la obra de Nueva Creación ha sido terminada.
- El Octavo Día: Juan subraya que la resurrección ocurre «el primer día de la semana» (Jn. 20:1). En la simbología bíblica, este es el «Octavo Día», un tiempo que está más allá de la semana ordinaria, representando el inicio de una nueva era, eterna, donde la muerte ya no tiene poder.
El regreso del Jardinero
Ahora bien, el cierre de este patrón en Juan ocurre en el encuentro más íntimo de la resurrección. Juan es el único evangelista que menciona específicamente que el lugar de la sepultura de Jesús era un huerto (Jn. 19:41-42).
Esto nos devuelve inevitablemente al Huerto del Edén. Allí, el primer hombre falló en su tarea de cuidar el jardín de Dios (Gén. 2:15). En el Evangelio, cuando María Magdalena se encuentra con Jesús resucitado, sucede un detalle que a menudo pasamos por alto: «Ella, pensando que era el que cuidaba el huerto, le dijo…» (Jn. 20:15).
Para el estilo literario de Juan, esta confusión es una ironía cargada de significado. Jesús es, en efecto, el Nuevo Jardinero. ¡Él ha resucitado para restaurar el huerto de la creación que había sido invadido por las espinas y la muerte!
Una forma antigua de leer la Biblia
Este enfoque literario ha sido rescatado por destacados eruditos contemporáneos. John Walton, en su obra El Mundo Perdido de Génesis Uno, argumenta que la creación en la Biblia tiene más que ver con asignar un propósito y una función que con la simple manufactura de la materia. En ese sentido, Jesús está «creando» porque está reasignando el propósito de la humanidad para sus seguidores.
Por otro lado, autores clásicos como Milton S. Terry en su Hermenéutica Bíblica, ya vislumbraban que el lenguaje de la creación era utilizado por los profetas y apóstoles para hablar de los pactos de Dios. No es un invento moderno; es una forma antigua de leer la Biblia que entiende que el texto siempre apunta a la relación de Dios con Su pueblo.
En conclusión, el patrón de Juan nos invita a ver nuestra propia vida bajo una nueva luz. Si estamos en Cristo, no somos simplemente personas con mejores modales o nuevas ideas; somos, como dice el apóstol Pablo, una «nueva criatura» (2 Cor. 5:17). El mismo Dios que ordenó el caos y separó la luz de las tinieblas al principio, ha completado en nosotros Su obra maestra a través de la vida, muerte y resurrección de Su Hijo.
Fuentes para profundizar:
- John H. Walton, El Mundo Perdido de Génesis Uno: Cosmología antigua y el debate de los orígenes. Fundamental para entender la creación como un acto de orden y propósito.
- N. T. Wright, La resurrección del Hijo de Dios. Explica magistralmente cómo la resurrección es el inicio del nuevo mundo de Dios.
- Milton S. Terry, Hermenéutica Bíblica: Un tratado sobre la interpretación del Antiguo y Nuevo Testamento. Un texto clásico para comprender los patrones y símbolos que conectan ambos Testamentos de la Biblia.