Tras el dramático desmantelamiento del sistema egipcio y el paso por las aguas divididas, la narrativa del Éxodo no concluye con la libertad política de Israel. La libertad en la Biblia nunca es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin superior: la adoración y la morada divina. Si el éxodo fue el «parto» de una nueva nación, como vimos en los artículos anteriores, el Monte Sinaí es el lugar donde esta nueva humanidad recibe su propósito y su hogar. Bajo el lente de la imaginería bíblica, el Sinaí y el Tabernáculo representan el diseño de Dios para restaurar el Edén en medio de un mundo caído.
El Sinaí: la montaña sagrada y el regreso a la cumbre
En el pensamiento bíblico, las montañas eran consideradas «lugares delgados» donde el cielo y la tierra se tocaban. El Edén mismo es descrito por el profeta Ezequiel como «el santo monte de Dios» (Ez. 28:13-14), el punto más alto de la tierra desde donde fluían las aguas para regar el mundo.
Al llevar a Israel al Sinaí, Dios los está llevando de vuelta a la montaña sagrada. El ascenso de Moisés a la densa nube no es un simple ejercicio necesario; es el regreso del hombre a la presencia inmediata del Creador. El texto de Éxodo 24:16 nos da una pista temporal fascinante:
«Y la gloria del Señor reposó sobre el monte Sinaí, y la nube lo cubrió por seis días. Al séptimo día, Dios llamó a Moisés de en medio de la nube».
Este patrón de seis días de preparación seguidos por un encuentro en el séptimo día evoca irresistiblemente la semana de la creación. Dios está señalando que lo que Moisés recibirá en la cumbre —las leyes y el diseño del santuario— es el plano para un nuevo orden cósmico.
El Tabernáculo como micro-cosmos: la arquitectura de una nueva creación
El Tabernáculo no era una tienda de campaña ordinaria. Era un «templo-jardín» portátil. Académicos contemporáneos como G. K. Beale han argumentado que el santuario fue diseñado para ser un modelo a escala del universo,1 un lugar donde Dios pudiera reanudar Su paseo con el hombre.

1. La estructura de los Siete Discursos
Una de las evidencias más contundentes de esta conexión es la estructura literaria de Éxodo 25 al 31. Dios entrega las instrucciones para el Tabernáculo en siete bloques distintos, cada uno introducido por la frase: «El Señor habló a Moisés y le dijo…».
Como destaca John Sailhamer,2 estos siete discursos funcionan como una correspondencia deliberada con los siete días de Génesis 1. El clímax de esta serie es el séptimo discurso, que trata sobre la observancia del Sabbat:
«Es una señal entre Yo y los israelitas para siempre. Pues en seis días el Señor hizo los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó de trabajar y reposó» (Éx. 31:17).
Al colocar el Sabbat como la «clave de bóveda» de las instrucciones, el autor nos indica que la construcción del santuario es el equivalente histórico de la creación original. Construir el Tabernáculo es construir un mundo donde Dios puede descansar en medio de Su pueblo.3
2. La decoración del santuario
Dentro del Tabernáculo, la imaginería visual transportaba al adorador directamente al jardín del Edén. La pieza central era la Menorah, un candelero de oro puro cuya descripción en Éxodo 25:31-40 es puramente botánica: tiene «copas, cálices y flores». No es solo una lámpara; es una representación del Árbol de la Vida en medio del huerto (Gén. 2:9).
Además, los querubines, aquellos seres que fueron apostados para custodiar la entrada del Edén (Gén. 3:24), reaparecen aquí bordados en las cortinas de lino fino y sobre el Arca del Pacto. Entrar al lugar santísimo era, simbólicamente, pasar a través de los guardianes y regresar al punto de comunión más íntima con Dios. Incluso la orientación del Tabernáculo hacia el Oriente (el Este) imita la entrada del Edén, sugiriendo que el camino de regreso a la comunión divina implica volver del exilio.
El sacerdocio: la vocación adánica restaurada
Si el Tabernáculo es el nuevo Edén, surge una pregunta: ¿quién cumplirá el rol de Adán? La respuesta es Israel, representado por sus sacerdotes.
En Génesis 2:15, leemos que Dios puso al hombre en el huerto para que «lo cultivara y lo cuidara». Estas palabras en hebreo, abad y shamar, son términos fundamentales. Como ha señalado el erudito Gordon Wenham,4 esta combinación exacta de verbos no vuelve a aparecer en el Pentateuco para describir el trabajo agrícola, sino que se reserva estrictamente para la labor de los levitas en el santuario:
«… Para servir en el ministerio [abad] del tabernáculo; y guarden [shamar] todos los utensilios del tabernáculo de reunión…» (Núm. 3:7-8 RVR1960).
Esto revoluciona nuestra comprensión de Israel. Ellos no son solo esclavos liberados; son una humanidad restaurada a su vocación original. Israel es ahora un «reino de sacerdotes» (Éx. 19:6) llamados a custodiar la presencia de Dios en la tierra, retomando la vocación que Adán abandonó. Adán falló en custodiar el jardín y en servir a Dios en Su santuario; ahora, a través del pacto, Israel tiene la oportunidad de actuar como el mediador entre el Creador y el resto de la creación.
Conclusión: de la nube del Sinaí a la Nueva Creación
El libro del Éxodo no termina con la llegada a la Tierra Prometida, sino con la inauguración del Tabernáculo. El capítulo 40 describe cómo Moisés termina la obra, y el lenguaje utilizado es un eco directo de cuando Dios terminó Su obra en el principio:
«… Así terminó Moisés la obra. Entonces la nube cubrió la tienda de reunión y la gloria del Señor llenó el tabernáculo» (Éx. 40:33-34).
El círculo se ha cerrado. El Espíritu (ruaj) que se movía sobre las aguas en Génesis 1 ahora descansa sobre el santuario en el desierto. Dios ha recuperado Su «puesto de mando» en la tierra, donde puede habitar con Su pueblo, preparando el camino para que, un día por medio de Cristo, toda la creación sea Su santuario:5
«Entonces oí que desde el trono salía una potente voz, la cual decía: “Aquí está el tabernáculo de Dios con los hombres. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos y será su Dios”» (Ap. 21:3 RVC).
El éxodo nos enseña que Dios es un Arquitecto incansable. Lo que comenzó en un jardín, se preservó en una tienda en el Sinaí y se restauró definitivamente en Cristo, trayendo un mundo nuevo donde la separación entre lo sagrado y lo común ha desaparecido para siempre. La historia del éxodo es, en última instancia, nuestra propia historia: el camino de regreso a casa, a la presencia del Dios que siempre ha querido habitar con nosotros.
- Beale, G. K. (2004). The Temple and the Church’s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God. Beale desarrolla la tesis de que el Edén fue el primer santuario y que toda la historia bíblica es el esfuerzo de Dios por expandir Su santuario hasta que abarque toda la creación. ↩︎
- Sailhamer, John (1992). The Pentateuch as Narrative. Sailhamer es fundamental para entender los paralelismos literarios entre Génesis y Éxodo, especialmente el uso de los «siete discursos» como una técnica narrativa de re-creación. ↩︎
- Kline, Meredith G. (1980). Images of the Spirit. Kline explora cómo la estructura de los pactos bíblicos refleja la estructura de la creación, viendo el Sinaí como una recapitulación del cosmos bajo el señorío de Dios. ↩︎
- Wenham, Gordon J. (1986). Sanctuary Symbolism in the Garden of Eden. En este influyente estudio, Wenham demuestra que el vocabulario de Génesis 2 es intencionalmente sacerdotal, vinculando el rol de Adán directamente con el de los levitas en el Sinaí. ↩︎
- Alexander, T. Desmond (2008). From Eden to the New Jerusalem. Provee la conexión teológica entre el santuario terrenal y la consumación en Apocalipsis. ↩︎